Si no tienes fe, no me ves

(En un retiro de los Talleres de Oración.)

Nadie puede ver Mi rostro si no es en el camino de la fe. Parece contradictorio: si no tienes fe no Me ves, y si no Me ves, no avanzará tu fe. ¿Por qué te hablo, por qué Me encuentras cuando quieres hacerlo?

Porque tuviste fe, porque —no importa lo que pase— tu fe persevera.
Sabes que aquí Estoy, esperando por tí, para alargar Mi diestra, asir tu pequeña mano y, apretándola, transmitirte todo Mi amor. La seguridad de que Estoy aquí, vivo, palpitante, esperando por Mis hijos, por
aquellos por quienes Mi corazón rebosa de piedad y Misericordia…

Búscame en tu silencio, encuéntrame. Soy Yo quien los ha traído aquí para enseñarles a buscarme, a encontrarme. Asimilen todo lo que puedan, no se distraigan, ya que este momento es muy importante en el
camino de su formación. Yo Soy quien mueve los hilos, una vez más, ahora que la gran función del mundo está casi al terminar.

Pequeña Mía, te espero allí, junto a tu pieza, en el pequeño espacio que se inunda con Mi presencia.
¡Cuántos hijos podrían verme! Todos, siempre que de verdad lo quisieran y pidieran con fe…
(9:45 — El conferencista dijo que Jesús reprochó a sus padres, al decirles que estaba en las cosas de Su Padre…)

El Señor
No es verdad, no fue un reproche el Mío. Quise decirles con mucho respeto, humildad y amor, que no se preocuparan ni sufrieran cuando no Me encuentren porque, siendo Hijo de Dios, debía tener Mis momentos
para encontrarme con Aquel que era más que nadie y que nada…

(Habló de cuando Jesús dijo que eran su madre y hermanos quienes cumplían
sus mandatos.)

El Señor
Yo dije que todo aquel que cumpliera la Voluntad del Padre era Mi Madre, Mi hermano. Porque Mi Madre criaba Mi ser. Todos pueden ser Mi Madre y Mis hermanos, todos ustedes son el vientre fecundo de Mi Madre.

Relato
Empezando el almuerzo veo en la ventana del comedor algo que se mueve o que oscurece. Me quedo helada. Es San Miguel, el Arcángel; no me lo dice pero yo lo sé. Miro a todos y nadie parece advertirlo. Entonces me quedo mirando; aparece y desaparece, como si fuera de ventana en ventana. Es muy alto; se parece al P. Marcos pero es más rubio y con el pelo largo y crespo hasta los hombros. Me mira y sonríe, lleva en la mano izquierda una lanza o sable, algo que brilla mucho. El está vestido todo de blanco, con una falda corta y sandalias o botas con tiros hasta las rodillas. Todo su pecho es brillante, como con rayos; su ropa blanca, pero fosforescente, como el velo de la Virgen. Tiene un cinturón o cinta verde con dorado (no distinguí si era hebilla u otra cosa). Es hermoso, majestuoso. Voy a hablar y me atoro. Levanta la mano derecha (que hasta aquí estaba sobre su corazón), me hace una señal como de silencio ¡shhh! Me pareció un gesto de muy buen humor. Sus alas son inmensas, no sé cómo es que no escuchaban las alas cuando se movían. Se lo escribí a Hugo y Neiza cuando se fue. Me miraban entre incrédulos y burlones. Me dije: mejor me callo y ya no les digo nada.

Entré al Oratorio después del almuerzo y pregunté al Señor por qué vi yo sola aquello. Silencio, no me dice nada…

PC-23 10-Ago-96 El Señor

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